Sólo se nos fue Truffaut, demasiado pronto, por mucho que sus detractores argumenten que estaba acabado, y el pobre Jacques Demy, del que nadie se acuerda porque:
1- Hacía comedias musicales, género denostado entre la cinefilia más circunspecta.
2- Siempre permaneció a la sombra de su esposa, la gran Agnès Varda.
3- No pertenecía realmente a la Nouvelle Vague, pues no tuvo nada que ver con los dichosos Cahiers du Cinema, al igual que Resnais o Marker.

Cualquiera de las tres respuestas anteriores es la correcta. El caso, se nos ha muerto Eric Rohmer, autor de 'La rodilla de Clara', 'Pauline en la playa' o 'Mi noche con Maud'. Este señor es el máximo exponente de lo que el espectador medio cree que es el cine francés. O sea, diálogos pretenciosos, acción prácticamente inexistente y personajes enfrascados en búsquedas existenciales que nada tienen que ver con explosiones, tiroteos o sexo gratuito. Bueno, alguna vez cae una escena de cama.

Esos seres que se atreven a afirmar cosas tan feas tienen razón. Porque en las películas de Rohmer todo es bla bla bla, blu blu blu y, al final, alguien le toca la rodilla a alguien. Ayer murió todo el cine francés. Descanse en paz.






